lunes, 21 de diciembre de 2015

Columna Bajo Fuego. * Bandera Azul. Por José Antonio Rivera Rosales

Bajo Fuego

* Bandera Azul

José Antonio Rivera Rosales

El autor.
   Contra lo que pudiera pensarse, la violencia jamás provocó el retiro del turismo internacional ni de su contraparte nacional.
   Con sus abusos, fueron los propios prestadores de servicios turísticos los que abonaron al retiro de la afluencia de visitantes extranjeros, especialmente el turismo norteamericano y canadiense, situación en la que no están libres de responsabilidad las cadenas hoteleras con asiento en el puerto de Acapulco.
   De acuerdo con un análisis del consultor en materia de turismo José Cedano Galera, entre 1987 y 1996 -es decir, antes de que comenzara la vorágine de violencia criminal que padece gran parte del país, especialmente el estado de Guerrero- el flujo de turismo extranjero al puerto de Acapulco se redujo en casi un 40 por ciento, lo que modificó para siempre la ecuación 90-10 de la que disfrutaba la economía porteña, cuyos principales ingresos por turismo internacional se vinieron por tierra.
   La ecuación 90-10 aludía a la presencia de flujos de turismo extranjero en un 90 por ciento, contra un 10 por ciento de visitantes nacionales.
   Por contraparte se incrementó el turismo nacional que, por desgracia, cuenta con una menor capacidad adquisitiva, lo que generó desde esos años (fines de los ochenta) una severa crisis en la economía del puerto, cuyos ingresos dependen en más del 90 por ciento de la industria turística.
   Para que quede claro: fue a fines de los 80 y principios de los 90 cuando se retiró el turismo internacional de Acapulco, por motivaciones relacionadas más con el mal servicio, el agotamiento del modelo de sol, playa y servicios abundantes; la contaminación de la bahía y una política turística deficiente, lo que incluye por supuestos los abusos de los prestadores de servicios.
   Cedano enumera de la siguiente forma los factores que provocaron la declinación del turismo extranjero: escasa renovación de la infraestructura, nuevas tendencias del turismo, escasa diferenciación con otros destinos semejantes, desarrollo de la oferta extrahotelera, capacidad de carga urbana rebasada, ambulantaje descontrolado, falta de liderazgo en el gobierno, corrupción y manejo de recursos públicos de manera poco transparente, entre otros varios factores.
   En ningún caso Cedano menciona a la violencia como un factor de distanciamiento sino hasta el 2007, cuando comienzan a darse los choques generados por los grupos criminales, a lo que el especialista agrega: “Falta de manejo de imagen en medios masivos de comunicación, pérdida de grandes eventos, pérdida de competitividad, promoción y publicidad escasa e inadecuada, pérdidas de vuelos directos y una ley estatal de turismo obsoleta”.
   Lo que hemos presenciado en esta crisis del turismo es un desinterés de las propias compañías de servicio, especialmente los hoteles, por recobrar y renovar el atractivo que el puerto, en tanto producto del que subsisten decenas de miles de familias guerrerenses, puede ofrecer a los visitantes. Además, claro, de la ineptitud de quienes han sido responsables de la Secretaría de Turismo, tanto federal como estatal.
   Aún así, el puerto comenzó a recibir en las últimas temporadas verdaderas oleadas de visitantes que, no obstante la violencia recurrente en su proximidad, siguen llegando para disfrutar del clima extraordinario y la naturaleza imponente de este destino.
   Ya desde el año pasado, de manera sorprendente, el puerto tuvo una afluencia extraordinaria que con seguridad se repetirá en la presente temporada invernal, en la que las autoridades esperan no menos de medio millón de turistas de todos lares.  
   Como la experiencia lo ha demostrado, es perfectamente viable recobrar las corrientes de turismo nacional y extranjero -turismo norteamericano, canadiense, europeo-, tal como plantean tanto el gobernador Héctor Astudillo como el alcalde Evodio Velázquez, empeñados ambos en repuntar la industria turística que ha mantenido presencia en Acapulco los últimos 50 años.
   Por ello es estimulante atestiguar que dos playas de Acapulco -Icacos y Revolcadero- mantienen vigente la certificación internacional Blue Flag, lo que garantiza a los visitantes cuatro condiciones: información y educación ambiental, calidad del agua, gestión y manejo ambiental, así como seguridad y servicios abundantes.
   La certificación internacional Blue Flag (Bandera Azul) es concedida a playas en más de 20 países de Europa, 5 de Oriente Cercano, 3 de África, 9 de América y una en Oceanía. En México sólo cuentan con esa certificación los estados de Baca California Sur, Nayarit, Jalisco, Veracruz, Oaxaca, Quintana Roo y, por supuesto, Guerrero, donde además de Acapulco otras dos playas de Zihuatanejo alcanzaron la citada certificación.
   Para emitir una postura sobre una playa determinada, esta importante certificación conjuga la participación de la Fundación Europea de Educación Ambiental (FEEE), la agencia de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), la Organización Mundial de Turismo (OMT), la Federación Internacional de Salvamento y Socorrismo (ILSE), la Agencia Europea del Medio Ambiente de la Unión Europea (UE), la Unión Europea para la Conservación de las Costas (EUCC) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).
   Como se puede observar, no resulta fácil sobrepasar filtros tan rigurosos para alcanzar una Bandera Azul. Por eso es tan importante contar con dos playas certificadas en el puerto de Acapulco.
   También por ello es importante que, para la presente temporada, el gobierno federal garantizó la presencia de dos mil agentes federales destinados única y exclusivamente para cuidar al turismo, lo que constituye una de las condiciones básicas para lograr el estatus de playa certificada.
   Además, en consonancia, los gobiernos de Astudillo y del joven alcalde Evodio Velázquez conjugaron los elementos necesarios para inaugurar una nueva oficina denominada Centro de Atención y Protección al Turismo (CAPTA), que será la entidad responsable de articular políticas públicas de atención al turismo, con el fin de garantizar una feliz estadía en los destinos guerrerenses.
   Esperemos que esa sea la tónica en lo sucesivo para salvar la actividad turística. En el próximo enero veremos si la estrategia funciona… si es que los prestadores de servicios turísticos no vuelven a cometer los abusos de siempre.


  
    


  

  

  



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